domingo, 16 de septiembre de 2012

La Sociedad de la Luna de Fuego - Capítulo 5



 Quinto Capítulo
“Doblemente Besada”


Si supieras cómo juegan contigo abrirías los ojos, pero no quieres.
Estás ciego, y así como la mentira es un pecado, dicen:
“La culpa no es del chancho, sino del que le da de comer”


Dejó a la dama cabellos de fuego adelantarlo, no quería sentir su mirada llena de odio fija en la nuca, aquello lo estaba volviendo loco. Pero al mismo tiempo había algo que necesitaba hacer desde momento en que la había visto sobre aquel pino. Dejó que el patriarca y su hija desaparecieran, con ella tras el imponente hombre, con el miedo desbordándose por cada uno de sus poros y el olor a terror impregnado en su piel. Entonces, cuando ambos cuerpos se desvanecieron colina abajo, Iker se apresuró a volver al pino, sabía que el imbécil seguiría ahí, y encararlo en aquel momento sería un deleite para su persona.

Y como promesa de sus pensamientos, él estaba aún junto al pino, con la cabeza agacha como el perdedor que era. Se le acercó —la sonrisa no podía desaparecer del rostro de Iker por más que lo intentaba— quería marcar territorio con esa mujer y aunque el patriarca le prohibiese tocarla, aquello no significaba que dejaría a otro hacerlo.

—¿Ya no es tan gracioso? —le dijo con tono serio.

Él se volteó con la cara llena de odio, pero sólo logró con ello aumentar la sonrisa de Iker.

—¿qué quieres decir? —la voz del engendro era fría, calculadora.

—Que un ser como tú no se merece siquiera tocarle un pelo a Nara.

Vio sus ojos abrirse de par en par, el bicho estaba asustado, Iker había descubierto su secreto, uno que evidentemente jamás había revelado a Nara.

—¡¿Cómo sabes tú eso?! ¿Eres uno más de ellos?

—No —respondió aún serio—. Sólo lo sé, el resto no te incumbe.

—No te acerques a Nara, no sabes lo valiosa que es, no sabes nada de ella, no sabes cómo cuidarla.

—¿Y tú, sabes cómo cuidarla? Porque déjame decirte que el comportamiento cercano a hacia su hija, el patriarca no lo tolera.

—¡A eso me refiero imbécil! —su grito sonaba angustiado, temeroso— ¡El viejo la golpeará hasta que la pobre quede inconsciente, y nada de esto habría ocurrido si no te hubieses entrometido!

Sus piernas se tensaron, el engendro tenía toda la razón, Nara sería castigada por el patriarca, y a juzgar por el castigo aplicado a Edith, la pequeña pelirroja sí quedaría inconsciente.

Se echó a correr nervioso, ¿cómo había sido tan estúpido de no percatarse de eso? La había dejado partir con el viejo, la había abandonado a caminar hacia el infierno y sola. En esos pocos minutos en que la había desamparado el patriarca podría estar torturándola.

Ese pensamiento oprimió su pecho, no quería involucrarse en lo extraños sucesos de esa Sociedad, pero permitirse escuchar los gritos de ruegos de Nara no era una posibilidad.

* * *

Su cuerpo tiritaba de temor, frente a su padre no era más que un cachorrito aterrorizado, y el incesante y frenético movimiento de su cuerpo la delataba. Cerró los ojos dos segundos, quería desaparecer de ese lugar, pero cuando volvió a abrirlos estaba aún frente a la casa, mientras escuchaba la llave de su padre entrar en la cerradura y la puerta ceder abriéndose de golpe.

Vio a su hermana aparecer entonces, lista para saludar al patriarca como era debido. Pero cuando Edith se encontró con los mortificados ojos de Nara, no pudo más que sorprenderse y asustarse por la evidente mala situación en la que se encontraban.

—¿Qué no saludas? —preguntó su padre a Edith, entrando a paso fuerte, empujando a la muchacha en el camino.

—Padre —saludó Edith reverenciando, volteándose hasta dónde el patriarca se había movido— ¿Desea servirse una taza de té?

—No —la voz del hombre era tosca, cortante, evidentemente aun enfadado por el comportamiento de Nara.

Su hermana la miró interrogante, pero Nara no pudo más que bajar la mirada y pensar en cuánto aborrecía a Iker por llevar a su padre ahí. 

Con Damon habían sido amigos desde niños y siempre se trataban de forma cercana, pero evitaban hacerlo frente al resto de pueblo, porque conocían a La Sociedad y cualquier contacto era para ellos un acercamiento impuro, mucho más si se pensaba en que Damon y Daniel eran los únicos adolescentes hombres en el pueblo.

—¡Siéntate! —gritó su padre empujándola al sofá. Nara cerró los ojos, sería ahí cuando los golpes comenzarían. Pero cuando creyó que el dolor asediaría su rostro de un palmetazo, nada ocurrió.

El sonido de piel contra piel la alertó de abrir los ojos, y al instante se encontró con Edith mirando desafiante al patriarca, mientras el hombre estilaba odio por la mirada.

—¡No te entrometas! —gritó su padre mientras Edith apretaba los puños con fuerza y su cuerpo se mantenía fijo en su lugar, prueba de que la debilidad que le atribuía a su hermana era falsa.
—¡Prometiste que no la tocarías! —la voz de su hermana era otra, llena de un vigor y fuerza que jamás había escuchado de ella.

Los ojos del patriarca brillaron y Nara supo que el castigo destinado a ella sería ahora aplicado a su hermana, ser lo había ganado por responderle sin respeto. 

Se levantó nerviosa, no dejaría que su hermana volviese a ser golpeada por aquel hombre, no cuando ella era quien las había metido en aquel embrollo, no cuando se sentía responsable de cuidar de Edith.

—Padre…

Su voz se vio apagada por la mirada furiosa de su padre, quien la congeló con sus gélidos ojos.
—No quiero escuchar tu voz —dijo él—. No tocaré a esta zorra—el patriarca la apuntó con el dedo, aborreciéndola con los ojos, pero dirigiéndose a Edith—. Pero Damon pagará la osadía de tocar a una de mis hijas.

Los ojos de Nara se abrieron de par en par, mientras los pasos del patriarca lo dirigían a la puerta, abriéndola de golpe.

—¡No! —gritó Nara con el miedo desbordándose por su cuerpo— ¡¿Qué harás?! ¡Padre!
El patriarca no se detuvo ante lo ruegos de Nara, caminando hacia el exterior de la casa, y dando zancadas hasta la verja.

—¡Padre! —volvió a gritar Nara desesperada.

El patriarca se volteó a verla, al momento que abría la reja con sus llaves y sus labios se despegaban para decir.

—Tendrá su merecido Nara —lágrimas escaparon de los ojos de Nara—. Sabes que quien toca a una mujer antes del matrimonio sólo merece la muerte.

Sus piernas apresuraron los pasos hasta el exterior, mientras Edith la seguía con los brazos abiertos tratando de alcanzarla. Su llanto desesperado no se frenó en el momento en que su hermana la tomó por la cintura, sino que acrecentó su dolor y angustia, mientras por su boca vociferaba ruegos hacia su padre.

—¡Nara! —la llamó Edith, mientras Nara forcejeaba por soltarse— ¡Nara detente! Sabes que si intentas protegerlo te matarán a ti también. 

Pero Nara no se detendría, tenía que salvar a Damon de la garras de su padre, ayudar a su amigo a escapar de La Sociedad antes de que esta aplastara su vitalidad con fuerza.

—¡Iker, ayúdame! —escuchó a Edith decir mientras su ojos se trasladaban hasta Iker, quien corría hacia ellas y la aferraba a su pecho con fuerza, al tiempo que las lágrimas se derramaban incesantes por sus ojos.

—¡Suéltame maldita sea! —le gritó zarandeándose con fuerza— ¡Tú tienes la culpa de esto!
Los brazos de Iker la alzaron por sobre los hombros de éste, cargándola al interior de la casa con Edith siguiéndole los pasos. Sintiendo como luego de unos instantes su cuerpo golpeaba contra el sofá, al tiempo que su hermana se sentaba junto a ella.

—Tienes que calmarte Nara, no hay nada que puedas hacer —La voz de su hermana era suave, como si al hablarle más fuerte Nara fuese a escapar de ahí.

Miró a Edith, había pensado en escapar en cuanto Iker la soltó, pero viendo los ojos compungidos de su hermana mayor no pudo más que tomar sus manos y decirle:

—Tengo que ir Edith, es mi mejor amigo, como podría dejar que lo maten sin más.

Soltó las manos de Edith levantándose del sofá, pero antes de que lograse avanzar un paso Iker ya estaba frente a ella con las manos preparadas para detener su avance. 

—¿Crees que podrás hacer algún cambio tú sola? —preguntó él con una sonrisa arrogante en el rostro.

—¡No me menosprecies por ser mujer! —chilló demasiado agudo, desafiando a Iker a detenerla.

Supo que su desafío había sido un error cuando los brazos de Iker volvieron a tomarla de la cintura y a levantarla por sobre su cabeza, dejando sus piernas colgando, mientras escuchaba los pasos de Edith avanzar hasta  la parte trasera de la casa, abriendo la puerta para ellos.

Nara trató de soltarse con todas sus fuerzas, zarandeándose de un  lado a otro sobre el hombro de Iker, pero la pujanza de éste era implacable y sus zancadas pronto la llevaron al exterior del jardín con su hermana antecediendo sus pasos.

Escuchó la llave girar en la puerta de la habitación, sintiendo dolor en sus brazos tanto forcejear al agarre de Iker, al tiempo que de sus labios escapaba un grito desgarrador pidiendo que la soltasen para salvar a Damon, pero nada cambió.

Entonces Iker la entró en su habitación, cerrando la puerta tras de sí, lanzándola a la cama mientras él se sentaba en la otra mirándola a los ojos.

—Deja de pensar que serás capaz de resolverlo todo —dijo él con suavidad.

—¡Si no voy yo por él lo matarán!

—¡¿Y si vas con él qué cambiará?! ¡Sólo terminarás muerta como él! ¡Agravarás las cosas Nara! 

Lo miró con odio, cómo se atrevía a regañarla cuando era su culpa estar en esa situación.

—¿Crees que puedes mandarme como todos los hombres aquí? —le dijo levantándose de golpe de la cama y acercándose a la puerta desafiante—. Créeme Iker, aunque tenga que golpear esta puerta una y otra vez, saldré de aquí.

Se volteó dispuesta aporrear la puerta con todas su fuerzas, pero antes de que pudiera darle el primer golpe Iker la volteó de la muñeca derecha, tomándole la izquierda, dejándola frente a frente a sus ojos. Podía sentir la respiración de él rozando la suya, sus ojos pegados en los propios y aquel exquisito aroma a menta emanar de su imponente cuerpo.

—Mierda Nara ¿qué me has hecho? —dijo él susurrándole con calidez al oído— ¿por qué cada vez que te miro deseo tocarte cabellos de fuego?

Un suspiró escapó de sus labios, mientras el forcejeo de sus muñeca cesaba lentamente, y su respiración se volvía descontrolada. Sintió el aliento de Iker avanzar cálido desde su oreja en un viaje magistral hasta su boca, al tiempo que un gemido reprimido escapaba lentamente de los atormentados labios de Nara.

—Tu cuerpo no miente preciosa, sé por tu olor que así como deseo tocarte tú deseas que te toque.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Nara cuando la lengua de Iker se posó sobre sus labios, acariciándolos como delicada seda, emergiendo de él un gruñido posesivo que la excitó al punto de erizar sus pezones, que rozaron en duro pecho de Iker, evidenciando su estado.

—Te lo dije, un solo movimiento y no podré resistirme —la respiración de Iker era irregular mientras pronunciaba las palabras, frenándose en el momento en que sus posesivos labios sellaron cualquier sonido que Nara podría haber emitido.

Los brazos de Iker rodearon su cintura sin soltar sus labios del encarnizado beso, apretando su cuerpo contra el de él, mientras su lengua invadía la inocente boca de Nara en un magistral encuentro.
En ese momento los brazos de Nara no refrenaron sus deseos, enterrando los dedos entre el cabello de Iker, mientras él introducía su mano a través de la delgada camiseta que llevaba, avanzando hasta uno de sus pechos, colándose por debajo del brasier para masajearlo posesivamente con la extensión de sus gruesos dedos.

Un nuevo gemido escapó de los labios de Nara, viéndose detenido por la repentina lejanía de Iker. Atormentada lo miró a los ojos en busca de una explicación, algo había hecho mal para que él la rechazara de tal modo. Pero en su mirada sólo vio odio cuando dijo:

—Es tu amigo, el engendro se acerca.

—¿Damon? —preguntó volteándose a la puerta que ese momento sonó con suaves golpes— ¿Damon? —repitió esta vez con la voz más alta.

—Sí —un suspiró salió de su boca cuando escuchó su voz, él estaba bien, contra todo pronóstico estaba vivo.

Abrió la puerta tan rápido como pudo, saltando sobre Damon en cuanto lo vio en el exterior, apretujándolo con sus brazos para sentirlo real.

—Estás bien —dijo él separándose levemente de su abrazo y mirándola a los ojos, acercándose a ella tan repentinamente como había aparecido ahí, atrapando sus labios en un beso lleno de temor.

Nara forcejeó por soltarse de él, pero fue inútil y poco a poco la respuesta llegó a su cuerpo sin que lo pensara demasiado. Aquel beso era tierno, cargado de los miedos de perderla, él mismo que había sentido por él, tan distinto al que Iker le había dado, completaba por completo sus sentimientos de júbilo por tenerlo ahí sano y salvo.

3 comentarios:

My favorites things dijo...

Hola: Me ha gustado tu estilo! Ahora solo voy a tener que ponerme al día con tu historia. Besitos =)

Lucille Comolli dijo...

Hola! Soy Lucille Comolli, compañera de El Club De Las Escritoras.
Te he dejado un premio en mi blog, solo tenes que entrar al link del post que hice en mi blog sobre ellos: http://lucille-comolli.blogspot.com.ar/2012/10/1-premio-del-blog.html. Después podés dejarme un comentario con tu link para ver si seguís el premio.

Besos

D. C. López dijo...

Hola guapísima!, me pasaba por aquí para ver que tal estabas, saludarte, y de paso, pedirte el favor de que te hagas eco de esta promoción, si no es mucha molestia (tus compis del club y yo, te estaríamos realmente agradecidas):

http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2012/11/pasion-de-navidad-promocion-y-fecha-de.html

Saludos y hasta otra!, muak!

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